Aprendimos a mentir. Nadie nos enseñó a hacerlo, lo descubrimos en el pensamiento como el engranaje de un reloj -la inteligencia humana aplicada a un objetivo-. No recordamos el momento en que dijimos la primera mentira u ocultamos una verdad, creemos que fue el ensayo y error que confirmó el llanto, fingido o natural, en método infalible para capturar atención.
Tú y yo somos Verloso, perfeccionamos la fórmula para mentir sin titubear. Nos autoengañamos. Edificamos historias sobre un tejido de falacias. Encontramos placer en descomponer la verdad y reconstruirla a nuestra manera. Enfatizamos y ocultamos, recortamos y pegamos. No conformes, modulamos la voz, reproducimos conversaciones sacadas de diálogos mentales, elaboramos guiones ficticios, borramos imágenes o las remarcamos con plumón. Las fantasías rompen el muro de contención y se insertan en la elaboración de los hechos.
Tiremos horas de vida en buscar la verdad absoluta, recolectemos las piezas de verdad que habitan en el inconsciente de unos cuantos, en el bote de basura en tiras, en las neuronas de un difunto o en el verbo del encabezado amarillista.
Actividades similiares: desenredar una cadena, seguir un camino de hormigas y cortar la circulación del dedo con el chicle en círculos.
-Libro que inspiró este post: Verloso. Artista de la mentira, de Felipe Soto.
-Libro que inspiró este post: Verloso. Artista de la mentira, de Felipe Soto.
