
No dejaré de escribir...

Inicia con nosotros, los espectadores, avanzando por las vías del tren, desde el punto de vista del conductor. Para mí el movimiento representa el cambio, trasladarte de un punto a otro, sin embargo, para el protagonista sólo es un desplazamiento rutinario en el que conoce la ruta de memoria. Hubo una imagen que se me quedó muy grabada, es un paisaje nocturno muy bello del tren en curso y a lo lejos algunas luces de colores de la ciudad.
Este fin de semana vi A serious man, la nueva película de los hermanos Coen. Es la versión moderna de la historia bíblica de Job. Muestra sucesos absurdos de la vida de Larry Gopnik, el protagonista y judío ortodoxo. A mí me pareció que toda la película es un sueño, o mejor dicho, una pesadilla en la que los personajes no tienen lucidez alguna y, si al principio parece que Larry es el único hombre ‘cuerdo’ que se da cuenta de lo que verdaderamente sucede, lo cierto es que conforme avanza la trama, nos damos cuenta de que tampoco tiene el criterio ni la claridad suficientes como para resolver sus problemas de manera adecuada o ‘normal’. Sus conflictos se enredan tanto que pierden todo el carácter de realidad. Siento que la historia se vuelve tan absurda que cae en lo cómico. Además, sus problemas son muy comunes: infidelidad, divorcio, la incomprensión de los hijos adolescentes, un hermano que representa una carga, la falta de dinero, etc., lo que no me parece 'normal' o común es la manera de abordarlos, de entenderlos y de no resolverlos de la manera más lógica. Me remitió al mundo surrealista de Alicia en el país de las maravillas (amo el libro y las películas), en el que cada quien se rige bajo sus propias reglas y creencias. Por lo menos a mí me hizo alucinar y hasta cierto punto incomodar con la incapacidad de que nadie resuelve algo.
Hoy vimos Crónica de un verano, codirigida por Jean Rouch y Edgar Morin (a quien tuve oportunidad de escuchar en una conferencia que dio hace como dos años en el CENART, cuando yo hacía prácticas profesionales en el ‘canal 23’, -prometo buscar mis apuntes y postear algo de eso-). Crónica de un verano es un documental representativo del cinema vérité, el cual cuestiona qué tan posible es retratar o mostrar la realidad tal cual es, sin que este reflejo se distorsione con la predisposición de quienes están frente a la cámara, por el simple hecho de saber que lo están aunado a la intervención del director. Para mí, haber visto la película con la idea de que los personajes eran ellos mismos y lo que decían y hacían correspondía con lo que eran, pensaban y sentían, me produjo una sensación muy diferente, creo que me sensibilizó mucho más que algunas películas de ficción que me hacen llorar. Tal vez porque me gusta involucrarme demasiado con lo que veo, e identificarme con algún personaje al creer que sé exactamente lo que podría estar sintiendo. Pese a que tal vez el documental no muestre de manera fiel la realidad, sí explora sensaciones humanas y cuestiona a los personajes sobre el sentido de su existencia. Eso para mí ya es interesante, ya es valioso porque siempre me ha interesado conocer diferentes maneras de pensar y de ver la vida, sobretodo lo que los demás tienen que decir sobre sí mismos y su existencia, porque a mí me interesa la gente como una manera de enriquecer mi presencia en esta vida y no sólo transitar de un lado a otro sin realmente descubrir quienes nos rodean. Siento que convivimos de manera impersonal sin siquiera imaginar quienes son los demás en realidad. Cada persona es un resultado de experiencias diversas, es un universo muy profundo y a veces desconocido hasta para sí mismos, por eso creo que es interesante escuchar lo que los demás piensan. Además este documental me pareció muy valioso porque me provocó una reflexión sobre mi experiencia de vida y, como ya lo había dicho antes, me vibran mucho las películas que me provocan ganas de escribir, ganas de llorar, ganas de pensar, o ganas de salir al mundo para tratar de verle ‘algo’ más allá de lo evidente. Yo también me cuestioné para qué hablar sobre mí, sobre lo que siento y lo que me interesa, para qué revelar mi intimidad aquí en un blog, frente a una cámara o en alguna plática. La razón es que me gusta ser transparente como una manera de liberarme por completo, desde el interior. Para quien le interese mirarme y saber quién soy y cómo veo el mundo que me rodea. Para quien quiera mirarme como soy, sin distorsiones, por lo que hago y digo y escribo, es decir, para encontrar una congruencia entre lo que soy y lo que escribo. También creo que el desarrollo de este blog es una manera para compartir mi evolución hacia un verdadero descubrimiento de quién soy yo, porque al menos yo necesito saberlo.
La pregunta que le hacían a los parisinos de los años sesenta, de todas las clases sociales era si son felices y si están satisfechos con su vida. Algunos contestaban con referencias hacia sus experiencias laborales, sus experiencias amorosas o hacia lo opuesto, sus experiencias tristes como la pérdida de alguien o la ausencia de algo, un vacío interno, o simplemente hacían referencia a otras cuestiones como a la edad: “soy feliz pese a que soy vieja”, “claro que lo somos, pues estamos jóvenes”. Con esto me refiero a que la felicidad es lo que creemos que es. Cada quien define su felicidad. También había quienes sabían cómo podrían serlo: “si me casara y tuviera hijos”, “si fuera boxeador”, “si trabajara en lo que me gusta”, “si tuviera más dinero”. Me parece una insatisfacción generalizada por el hecho de creer que hay algo que falta, y ese algo es justo lo que necesitan para ser felices. Suena absurdo, pero no lo es, porque seguramente a todos nos ha pasado: creemos que la felicidad llegará bajo diferentes condiciones ajenas a las que ya vivimos. Respondiendo a la misma pregunta, yo estoy contenta con quien soy y con mi vida. Estoy satisfecha con lo que he hecho y con lo que ahora tengo, sin embargo, es cierto que tengo muchas aspiraciones y deseos de realizar miles de cosas, las cuales con el simple hecho de imaginarlas o planearlas, me producen felicidad. Pero yo he intentado no depositar mi felicidad en aquellas cosas pasajeras, superficiales o ilusorias, aunque reconozco que yo percibo a la felicidad en mi vida no como una constante, sino en momentos muy específicos, tal cual como momentos. También creo que más allá de cuestionarme si los personajes estaban siendo totalmente espontáneos, coherentes consigo mismos y reales, pienso que no es necesario estar frente a una cámara para no serlo. Es decir, tal vez nos relacionamos con actores todo el tiempo: mi jefe cumple su papel de jefe frente a mí, mi amiga actúa como quien quisiera ser y mi vecino se ríe, es sobreamable y cuenta demasiados chistes cuando tal vez esconde una tristeza profunda. Cómo saber que somos lo que somos, que somos un retrato fiel de nuestro interior y de nuestra naturaleza. Eso es justo lo que yo quiero hacer, romper esa barrera entre lo que aparento o quiero aparentar y lo que soy, y me he preguntado si somos aquello que hacemos, decimos, pensamos o escribimos.
Es la historia de Lorna, una mujer que cree que tiene la vida resuelta y la felicidad garantizada con la falsa seguridad que el dinero le produce. Ella lo gana de manera ilícita a cambio de casarse y divorciarse con extranjeros que sólo desean obtener su nacionalidad. Al principio, 'el negocio' en el que aparentemente todos se benefician se presenta como una manera ideal para obtener 'dinero fácil'. La protagonista se comporta fría y profesional, al grado en que podemos estar seguros de que ella ni siquiera lleva a cabo algún cuestionamiento ético o moral sobre su conducta. Conforme avanza la trama, nos damos cuenta de que la única finalidad de Lorna es obtener dinero para concretar los planes de vivir y abrir un bar con su novio Sokol, momento en el que podríamos pensar que ella tiene una motivación más emocional que sólo el dinero por el dinero. Lo que realmente sucede es que descubre que no es tan inhumana como los demás involucrados, incluyendo a su novio. Ella logra salirse de la dinámica ilícita porque se ve a sí misma desde otro ángulo en el que sabe y siente que matar inocentes por dinero, o culparlos de agresiones físicas autoinfligidas es lo más bajo que puede hacer un ser humano. Esto sucede a partir de que se le cae el plan de vida, porque la realidad racional y la realidad emocional no siempre actúan en armonía, en paralelo. El mundo de las emociones golpea tan fuerte (y a veces de manera inconsciente), que es capaz de darle un giro completo a nuestras vidas. Con esto me refiero a que se enamora (de acuerdo con mi percepción) del adicto con el que se casó sólo por dinero. La convivencia y el vínculo que se genera entre ellos va más allá de un trámite. Ella lo ayuda a salir de su adicción y lo cuida. El momento del beso sólo demuestra que había algo más que el aparente deseo sexual contenido. La muerte del adicto y su embarazo finalmente le abren los ojos para mirar con claridad a su novio Sokol y a quienes la usaban para el negocio ilícito: personas corrompidas por el dinero. Ella se da cuenta de que ya no quiere ser como ellos (o de que nunca lo fue) y de que tampoco puede amar a un hombre así (quien, además, la trata como una vía para conseguir dinero). Lorna elige huir de la ceguedad de vivir para y por algo tan vacío como lo monetario, así que opta por su vida y la de su hijo. Creo que el amor y la maternidad le abren los ojos a lo que realmente importa. La película hace una crítica social sobre la conducta destructiva e inhumana de quienes van en contra del espíritu y de la naturaleza para obtener bienes materiales y desechables.
La nueva ola (Nouvelle vague)
Ayer fui al cine... Y me quedé dormida (no por la película, sino porque estaba muy cansada). Sólo vi el principio y el final, pero escuchar lo demás me bastó para imaginar la trama entre sueños. Estoy segura que tengo una visión distorsionada de la historia, y eso me gusta, como si yo hubiera construido mi propia película: La sangre brota es un viaje hacia el dolor humano. Presenta a una familia desintegrada, una familia a la que no se le puede llamar familia sino individuos que coexisten en un mismo espacio, pero no en un mismo plano (o viceversa). El papá es un taxista neurótico, quien escucha discos de relajación. Su mirada es tan dura que podrías imaginarlo en un ataque nervioso en medio del tráfico o con un arma bajo el asiento. Él quiere enviarle dinero a su hijo Ramiro, quien vive en Estados Unidos, sin embargo, Leandro, su hijo más pequeño, es quien vive más lejos, habita el submundo de las drogas. Camina entre la gente sin mirar a su alrededor, es un fantasma que sólo sobrevive y se mueve por el impulso de las necesidades físicas. Es un muerto en vida, muy pálido, ojeroso. Se encuentra a una chica que reparte volantes en la calle, una chica que recorre la ciudad, que exhibe su cuerpo y que tal vez no tiene a nadie. Ella y Leandro hacen una extraña conexión como si con solo mirarse supieran que comparten algo que los une. Se conocen sin intercambiar palabras, sólo se topan. Su novia se siente muy celosa, porque sabe que hay algo en la chica de la calle que ella no tiene ni tendrá, algo que le despierta curiosidad a él. Después me quedé dormida y saqué a los demás personajes de la historia, imaginé muchos encuentros entre ella y Leandro, muchas citas urbanas en parques, banquetas, callejones. La película es tan dura que, dormida, yo quise agregarle las escenas que a mí me gustaría interpretar si mi vida fuera un film (a veces pienso que lo es). Desperté cuando el papá libera su enojo reprimido y golpea a Leandro con tal fuerza que parece que va a matarlo. Metafóricamente sí lo mata, como si su hijo fuera una extensión o proyección de su lado más oscuro, o la evidencia viviente de sus errores y de una familia enferma. Leandro busca refugio en una mujer, sólo en una, quien, para mi sorpresa, no es la chica de los volantes. Tal vez ella era demasiado efímera e ilusoria, tal vez ella no podía ser un refugio para nadie porque estaba igual de vacía –y sangrada– que él.

Hoy vi la película Lol@ en el marco del Ciclo de Cine Francés. Llegué en blanco, sin trailer ni sinopsis. Me pareció una comedia francesa muy Hollywood (al inicio, en la presentación de los personajes, hay una referencia a los recursos clásicos del cine estadounidense). Lol@ muestra la vida escolar, personal, familiar y amorosa de un grupo de estudiantes. En realidad es el retrato de la adolescencia de cualquier ser humano. Rescata al presente aquellos momentos que tal vez ya olvidamos o minimizamos con el paso tiempo. La entrega de calificaciones, las primeras fiestas y decepciones amorosas, las peleas con los papás. El tema es áspero, es denso, tanto así como el ángulo doloroso de la adolescencia, pero se presentó de manera ligera y cómica. Las experiencias se viven con una carga emocional muy fuerte durante esta etapa. La búsqueda de identidad y la relación con los demás son temas centrales que llevan a los personajes a buscar situaciones que les ayuden a explorar los impulsos de la edad. No es mi estilo de película, pero al menos pensé que yo también atravesé conflictos similares, los cuales definieron lo que -por ahora- soy. Hay algo de Lol@ que me hizo recordar Juno. Habrá que ver alguna otra del mismo ciclo.


Ayer la volví a ver porque la encontré en la tele, y comprobé que la lectura que hago de las situaciones y las películas depende de la edad y del momento emocional en que las recibo. Recuerdo que la primera vez que la vi, no me pareció buena, no le encontré sentido. Después de algunos años, con un poco de conocimiento sobre cine y sobre el director, y con unas cuantas experiencias que sin darme cuenta han ido cambiando mi manera de pensar y de sentir, ayer concluí que me gustó mucho Temporada de patos, me identifiqué con los personajes, me acordé de mi pubertad y empaticé totalmente con el personaje del pizzero. Me gustó que objetos tan cotidianos como el goteo del agua en el lavabo o el movimiento de una báscula me remitieran a sensaciones muy personales. Estos cuatro personajes, quienes viven experiencias de temor y frustración se unen en un momento o una situación que parecería normal, cotidiana: un domingo de ocio sin luz en la casa. Ahí, en un espacio común, una zona habitacional en Tlatelolco, comparten sus emociones a través de objetos. Los diálogos son breves y las escenas dan la impresión de que "no pasa nada", pero en realidad sí pasa, sí hay catársis en los personajes. Al final de la película, ellos asumen su realidad de manera diferente, por más raro que parezca, después de un domingo absurdo, algo sucede en ellos. Tal vez los problemas de cada uno formaron un vínculo temporal con el cual se reconocieron "no tan solos". De ahí la metáfora de los patos: vuelan en grupo y siempre hay uno que toma el lugar del primero, para que éste descanse y se recupere del esfuerzo de ser el de la cabeza, el que rompe el viento para que los demás vuelen con mayor facilidad.
Ayer vi Vals con Bashir. Las imágenes oníricas y la música me construyeron un buen viaje, o al menos olvidé el motivo de mi reciente depresión. La película es fuerte, es sobre la primera guerra entre Israel y Líbano. Pero también es la historia de un hombre que, a raíz de una pesadilla recurrente, siente la necesidad de sumergirse en su pasado porque no recuerda el lapso que vivió durante su servicio para el ejército israelí.
Esta película se filmó en escenarios naturales de Chiapas y se introdujo al corazón de un pueblo que ha ganado autonomía después de los movimientos del EZLN, los cuales lograron una transformación social muy importante. Después de 15 años, ya hemos perdido el rastro de las comunidades y los miembros del ejército, quienes lucharon por una vida digna. Por ello, esta película mostrará que la esencia de la rebeldía zapatista no ha muerto, y que la podremos mirar en las dinámicas y costumbres diarias de los descendientes mayas. Corazón del tiempo, historia de ficción sobre el amor –que me hubiera gustado más como documental– se estrenará en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en septiembre de este año. Pese a que no conozco el trabajo de Alberto Cortés, el director, tengo mucho interés en verla porque deseo aprender un poco más sobre el pensamiento que rige las vidas de los grupos que habitan las montañas del sureste mexicano.
Ayer fui a la Cineteca a ver el documental sobre la vida de Hunter S. Thompson, mejor conocido como Gonzo>
El drama familiar de una hija enferma, un niño que reclama la bicicleta que su padre no puede comprarle, la burocracia laboral de un jefe represor y la angustia de un grupo de empleados en espera de su aguinaldo son escenas que caracterizan a la vida rutinaria de cualquier sociedad, y que esta vez pertenecen al retrato de la clase media japonesa de la década de los treinta realizado por Yasujiro Ozu en la cinta El coro de Tokio. Este melodrama de crítica social, que logra la comicidad a pesar de la tragedia, es la evidencia de que los filmes de Ozu muestran lo sublime dentro de lo cotidiano.
Al lado de Akira Kurosawa y Kenji Mizoguchi, Ozu fue un excéntrico director y el principal representante del cine clásico japonés. Sus películas se caracterizan por la sencillez y austeridad, así como por los planos largos y la cámara fija a un metro de distancia del suelo. A pesar de las críticas que lo tachaban de conformista y repetitivo, Ozu conservó una misma temática, estilo y equipo de trabajo a lo largo de casi todos sus rodajes. Sin embargo, aquello que era criticado como conformismo, resultó ser el encuentro de la estabilidad y la disciplina que le permitieron un ritmo acelerado de producción, así como la posibilidad de explorar y evolucionar en la eliminación de lo superficial para llegar a los máximos niveles de abstracción.
Ahora que sólo tengo cabeza para pensar en la plática de ayer, pego este post que escribí hace más de un año:
In The Mood for Love es una de las mejores películas de Wong Kar-Wai. La música actúa como un elemento que se acopla de manera natural a la trama. Los ambientes producen placer visual. La iluminación de Christopher Doyle es tan hermosa como la historia de amor que transcurre en silencio, insertada en la vida cotidiana, en medio del trabajo y las horas de comida, las calles, las reuniones familiares y las noches solitarias. El amor entre la señora Chan y el señor Chow no permanece oculto, se desborda en miradas, pasos sensuales y aproximaciones corporales lentas. Cigarros y tallarines dejan su naturaleza de objetos para formar parte del lenguaje de los amantes que ya no habitan en su realidad: cambia la percepción de su entorno, abordan el tiempo y el espacio en relación con el juego entre la ausencia/presencia, sus sensaciones se agudizan y, en cada uno de sus movimientos, se lamentan por el amor que jamás será consumado.
Desde que vi El curioso caso de Benjamin Button tuve ganas de postear, pero, sinceramente, no encontré qué decir. A más de una semana de haberla visto, aún no estoy segura de si me gustó o no. Tal vez y, como todo, me gustó por partes. Lo que sí puedo asegurar con firmeza es lo que me molesta: la fijación que todas (o la mayoría de) las películas de Hollywood tienen, por explicar lo que se entiende por sí solo, sin necesidad de clichés ni de frases sacadas de libros de autoayuda, como: "Ninguno de nosotros es perfecto para siempre", "Algunas cosas nunca las olvidas", "Nunca sabes lo que te sucederá", "La vida no se mide en minutos, se mide en momentos". Sí, nuestra filosofía popular; a veces obvia e inútil, a veces sabia o práctica.
¿Qué me hizo pensar la película? Hemos deseado tomar a la pareja en brazos, como si fuera un bebé al cual proteger. No sé si sea nuestro instinto maternal o un trastorno que Sigmund Freud tuvo a bien describir a lo largo de varios tomos.