23 de diciembre de 2011

Literatura UNAM

Aquí la primera versión de mi cuento. Era dramático pero acabó siendo cómico:


19 de diciembre de 2011

La fuente de la vida (Darren Aronofsky)

Estoy enamorada de esta película. Es muy hermosa.

Cine Premiere


¡Publiqué una crítica sobre la película Fuera de Satán, de Bruno Dumont (2011)! Y estoy contenta por ello. No dejaré de escribir...


También pego el texto aquí mismo:

El cine de Bruno Dumont es contemplativo y filosófico. No esperen encontrar una película cuya estructura y trama se ordenen con cierta coherencia para “contarte una historia”. Este filme se construye con sensaciones, a través de imágenes crudas, que exigen al espectador un esfuerzo reflexivo.

Dumont retrata lo cotidiano con recursos que le permiten apegarse a lo orgánico. El sonido proviene del ambiente rural de Francia, no hay música; los diálogos son casi nulos; la iluminación es natural; y los protagonistas distan de tener un físico con atractivo artificial, pues al cineasta le gusta trabajar con personas que no tienen formación actoral y cuyo aspecto es más silvestre. Por ello, su cine toca el Realismo y, al mismo tiempo, el Avant-garde.

En Fuera de Satán, se muestra a un vagabundo que se dedica a caminar por un poblado del norte de Francia. Su misión es erradicar el mal que ronda en las praderas. Su papel es el de un salvador, observador y velador de los habitantes. Los personajes viven inmersos en su localidad, un tanto aislados e introspectivos. En su mayoría, los paisajes se presentan despoblados, con los recursos habituales del director: planos muy abiertos y largos, pero también close-ups del cuerpo humano o de acciones cotidianas que apelan a los sentidos, como el movimiento del café dentro de una taza o los dedos que recogen las migajas de pan sobre la mesa. Las imágenes construyen una poesía visual y un viaje interior.

La naturaleza es protagónica, al igual que el hombre, que aparece casi siempre al centro de la pantalla, rodeado de paisajes que parecen los de las pinturas del Romanticismo. Elementos como el fuego, el viento, el mar y las plantas toman un papel importante en la película, porque reflejan el interior de los personajes, como si la naturaleza permitiera exponerlo con sus características más primitivas. Así, Dumont desnuda al ser humano, lo presenta violento, pasional, instintivo, sexual, emotivo y cruel. Algunas escenas pueden resultar aberrantes e incómodas por la cantidad de realismo en la manera de mostrar lo más salvaje de su ser, como los actos sexuales explícitos y los golpes secos que toman por sorpresa al espectador. Sin embargo, el director utiliza la violencia y la sexualidad para abordar temas complejos y, también, como una vía espiritual y de trascendencia. Son evidentes las referencias religiosas, los tintes cristianos. Es por ello que abunda lo místico, las “pruebas de fe” y los milagros. En este sentido, la película rinde homenaje a Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955).

Encontrarán que, repentinamente, Dumont introduce acciones “insólitas” o absurdas dentro de lo cotidiano, lo cual produce un efecto extraño en el espectador, como el que toda la sala se ría en los momentos más dramáticos.

En conclusión, el filme podrá mover tus emociones o simplemente arrullarte en la butaca, todo depende de la disposición que tengas para apreciar este tipo de cine, en el cual, a pesar de que las imágenes son hermosas en sí mismas, hay una sensación de lentitud en la que parece que “no pasa nada”. En esta película, más que pensar, hay que sentir. Hay que percibir que detrás de una simple caminata por las montañas, existe una fuerza mayor que rige todo el sentido del filme.

12 de octubre de 2011

Tura de turas

Después de buscar definiciones de literatura, he llegado a las siguientes conclusiones:

No hay una sola definición universal. Lo que sí hay es un intento por realizar un consenso a través de acercamientos superficiales que ofrecen definiciones generales y, a veces, obvias (las de diccionario, por ejemplo).

La literatura cobra el significado de quien lo otorga.

La literatura escapa de toda definición, o al menos de toda definición limitante.

Creo que el significado verdadero es abstracto e individual. Necesariamente es una expresión relacionada con “lo interno”.

Escribir la definición de literatura es un ejercicio literario en sí mismo.

Cada autor tiene una definición particular, la cual no necesariamente siempre es la misma.

La definición de literatura no es fija, está en movimiento constante. En transformación.

La definición de literatura no es explícita, como pensé que podría encontrarla. Tampoco es de fácil acceso; requiere introspección e intuición.

Pienso que la literatura tiene algo de misterio. El hombre también tiene algo de misterio, entonces la literatura debe ser una de las formas más puras de expresión del hombre. También creo que algunos autores juegan con esta característica oculta, como si se burlaran del entrevistador y del lector cuando se les exige una definición racional e inmediata sobre qué es la literatura o por qué escriben, entonces improvisan un repertorio de respuestas que funcionan bien y que podrían ser, o no podrían ser la verdad, lo cual tampoco importa. Un ejemplo de esto es lo que Juan Rulfo respondió para una entrevista sobre el motivo por el cual dejó de escribir: “Es que murió el tío Celestino, que era el que me contaba las historias.”

Definiciones de diccionario:

“Arte que crea belleza por medio de las palabras.” La literatura es un arte, pero no sólo crea belleza. No es exclusivamente bella. Además, en esta definición, parece que la literatura se crea por sí sola, pues no menciona al hombre. Una más: “La literatura es el arte de crear por medio de las palabras.”¿Crear qué cosa?

Definiciones que me funcionan:

Julio Cortázar dice en una entrevista: “entre vivir y escribir nunca admití una diferencia.”

Jean-Paul Sartre: “siempre he pensado que si la literatura no lo era todo, no era nada. Y cuando digo todo, entiendo que la literatura debía darnos una representación total del mundo. Pienso que la literatura debería serlo todo. Me parece imposible que quien escribe no rinda cuentas de su mundo interior y de la manera en que el mundo se le aparece. Todo lo que hacemos tiene por horizonte el mundo en su totalidad. Por consiguiente, la literatura puede tener por horizonte el mundo en su totalidad y, al mismo tiempo, nuestra situación particular dentro del mundo.”

Guy de Maupassant: “cada quien crea individualmente una ilusión personal del mundo, que puede ser poética, sentimental, gozosa, melancólica, sórdida o frágil, de acuerdo con nuestras naturalezas. El escritor reproduce fielmente esta ilusión de realidad mediante el uso de todas las técnicas literarias a su alcance.”

Bernardo Ruiz: “una forma de expresión atenta a la búsqueda de verdad.”

Humberto Guzmán: “es una forma de vida; una forma de entender y de acercarme al mundo.”

MIS definiciones:

La literatura es una manera de transformar mi experiencia de vivir. La realidad pura no me parece suficiente.

La literatura es un intento por traducir la vida a través de mí.

La literatura es una manera de conocerme y de reinventarme.

La literatura es el medio con el cual deseo reflexionar (sobre el mundo, el hombre, yo misma).

La literatura es una cuestión abstracta: cuando escribo me siento congruente conmigo misma, me siento parte del mundo, como si habitara el tiempo en vez de mirarlo pasar por la ventana.

La literatura es una especie de misterio que me permite (cuando decido escribir y leer) dar un salto al interior o despegarme del piso y observar desde arriba. Me permite escapar de lo ordinario hacia otras realidades, tal vez las que cohabitan con la ficción.


-Foto: Francesc Catalá-Roca

6 de octubre de 2011

Tratamiento final




EXT. ESTACIÓN DE TREN, ANDÉN – DÍA

PERSONAJE 2
Tú eras aire. Yo era agua.
Yo me voy por tierra, toma el barco tú.
El avión no es tan triste como el tren.

PERSONAJE camina sin voltear la cabeza para atrás. La tormenta ha terminado.

5 de octubre de 2011

Estoy aquí pensando que puedo tomarme y llevarme –de la mano– a donde yo quiera. Y es que ahora ya sé a dónde quiero ir. Cada vez soy más parecida a mí misma.

McMundo


La cultura estadounidense es -aún- terreno fértil para la exploración. Alberga una suerte de misterio inagotable que se desprende de las contradicciones y las expresiones culturales más bizarras. A los ojos populares y foráneos, Estados Unidos de América es un circo de atracciones, frivolidad, despilfarro sin límites y patriotismo exacerbado. Un escenario de contrastes entre suburbios desolados y desmesura al estilo Hollywood, Broadway, Disneylandia y los casinos de Las Vegas. Su cultura es un mar de imágenes que se proyectan en desorden: playas infestadas de mujeres eróticas; hombres obesos montados en motocicletas ruidosas; tatuajes de Betty Boop; ancianos decrépitos; veteranos de guerra en el olvido, que orinan las esquinas de los barrios; vaqueros del viejo oeste; y torres de pancakes con mantequilla. La excentricidad de sus habitantes; la simpleza del americano promedio; la carencia de orígenes culturales; la variedad racial concentrada y agrupada por barrios; los líderes que brincaron del cinema a la política… Definiciones que fluyen en el conocimiento colectivo sobre Norteamérica.
La americanidad irrumpe hasta en la vida de quienes no tienen la desdicha o la fortuna de pisar su territorio. ¿Quiénes no se han contagiado de la ficción del sueño americano? ¿quiénes no substraen su cultura a conceptos arriesgados? Bélica y frívola. Sedante y seductora. Asfixiante. Consumista, a lo que Morris Berman denomina "McWorld".
Ellos mismos se autorretratan a partir de sus propios productos: de Jackass a American Beauty, de Pink Flamingos a The Fast and the Furious. Se adueñan del mundo bajo la máscara de Elvis Presley, Oprah Winfrey, Marilyn Monroe y Patti Smith. No conformes con inmiscuirse en los conflictos políticos del mundo y regir la economía global, imponen valores doblemoralistas de vanalización sexual e imposición del terror disfrazados de libertad, democracia, patriotismo y "buenas costumbres", con el dinero como el valor más alto de la escala.
Los límites que bordearon su cultura como hoy -fácilmente- los identificamos, se deben a críticas y esfuerzos de análisis que trascienden el tiempo, tal vez por el peso de la realidad que albergan, tal vez porque se realizan en momentos críticos para los Estados Unidos como los años de posguerra, el auge de la urbanización y los movimientos contraculturales que agitan a la sociedad. O porque la redefinición de la cultura proviene del extranjero…
A mediados de la década de los cincuenta, auspiciado por la Fundación Guggenheim, Robert Frank fue uno más de los que, atraídos como un imán, partió del viejo continente, cruzó el océano Pacífico y llegó a los Estados Unidos de América, para recorrer 48 estados. Con su familia a bordo de un automóvil viejo y una botella importada de whiskey se aventuró a realizar una crítica profunda a través de imágenes. Robert Frank, fotógrafo suizo y judío, sentó las bases de los estereotipos e iconos nacionales. Retrató a los americanos hasta ofenderlos... ¡comunista! –lo acusaron en una ocasión. Frank mostró el lado deplorable de los símbolos de un país a sus pobladores anestesiados con la televisión y el consumo. Posteriormente compiló su trabajo en una edición a la que llamó The Americans. Frank capturó la esencia de la cultura. Tomó la superficie para mostrar el interior. Rocolas, gasolineras, carreteras interminables y cafeterías (diners), con luz neón, fungieron como elementos que hicieron tangibles la soledad, la angustia y la alienación de los americanos. Political Rally (Chicago 1956) es una de las fotografías que componen el último capítulo de la publicación. Se observa un afroamericano –no identificado- que toca la tuba. El instrumento cubre por completo su rostro. Arriba de él se aprecia una gran bandera nacional. Símbolos de la democracia americana que ahogan al individuo y lo convierten en "uno más de lo homogéneo". Los Angeles (1955-1956) es otra imagen sobresaliente en la que una flecha de luz neón sobre un edificio indica al peatón hacia dónde caminar, mientras le susurra al oído: “obedece las reglas sin cuestionar”. De una página a otra, aparecen los caminos que llevan al sol californiano; las estrellas que descienden de limusinas y aterrizan en alfombras rojas; los personajes del rodeo; y la segregación racial de Nuevo Orleans. The Americans se vuelve una progresión de imágenes que narra atemporalmente la cultura de un país, desde las fibras más sensibles. En Nueva York de 1957 Robert Frank conoce al escritor de la cultura Beat, Jack Kerouac, quien compone un texto introductorio para la edición. La tristeza y la desolación del paisaje norteamericano que Frank captura se presentan con las palabras de Kerouac como antesala: “terminas por no saber si un jukebox (rocola) es más triste que un ataúd”. Kerouac deseaba separarse de la sociedad falsa y arbitraria; superficial y confortable, por ello se identificó con su trabajo fotográfico. Frank exploró la tensión de la diferencia de clases y la cultura perversa con técnicas fotográficas vanguardistas. Retrató el vacío norteamericano recubierto de falsas esperanzas.

Notas: La figura de Robert Frank como el extranjero que criticó a los americanos y ofreció una visión "aérea" y subcutánea de la cultura, reaparece en varias ocasiones. En 1974 Wim Wenders se atreve a criticar a la sociedad norteamericana a través de Philip Printer, protagonista de Alice in den Städten, quien viaja desde Alemania para escribir sobre la cultura: "la televisión americana solamente son solamente anuncios que degradan al ser humano". Acto seguido rompe a golpes la caja tonta.
Charles Dickens con su novela Martin Chuzzlewit (1844) y Frances Trollope, ambos autores ingleses, desde el siglo XIX, realizaron sátiras del modo de vida americano y argumentaron los deseos de los estadounidenses por "refinarse" como los británicos. Más tarde, Simon Schama, historiador del arte, estudió los estereotipos americanos que a finales del siglo XIX se arraigaron en Europa y que prevalecen hasta la actualidad: "chovinistas, voraces y vulgares".

24 de agosto de 2011

El árbol de limones


Los limones eran del tamaño de un melón. Cayeron, todos, sobre mi cabeza. También me cubrieron el cuerpo. Las orejas quedaron asomadas al cielo. Mi madre lloraba encerrada en su recámara. La culpa no le dejaba ni tomar un baño. Ella insistió tanto a mi padre que quería un árbol de limones. Pero no cualquier árbol, el de los limones que crecen del tamaño de un melón. A mí me gustaba el agua de limón helada. Con uno solo alcanzaba para la que tomábamos durante dos días. La bebíamos con un poco de azúcar. El fin de semana, hasta dos o tres jarras.

Mi madre me acostaba bajo el árbol sobre una manta. La sombra cubría todo el jardín. Huíamos del sol que nos calentaba la cabeza. Pero yo me quedaba dormido bajo el árbol, con el viento que mecía sus hojas. Mi madre dormía siesta dentro de la casa y se asomaba por la ventana de vez en cuando para mirarme descansar boca arriba.

Mi madre no se recostaba a mi lado porque los pastos le picaban la piel. La dejaban roja de tanto rascarse. Yo veía animalitos voladores que subían por las ramas. Los gusanos también se asomaban por los espacios de tierra húmeda. A mí se me trepaban las hormigas a los pies. Por la noche mi mamá me sumergía a la tina para que los cadáveres flotaran en el agua jabonosa. Las patas y las alas se pegaban en las orillas del mosaico.

Una tarde de verano uno de los limones cayó sobre mi pie. Se abrió y soltó el jugo que escurrió por los dedos. Recuerdo que lo tomé y lo probé, pero la punzada del ácido en la mandíbula me hizo enojar. Los pájaros se lo comieron y solo dejaron la cáscara picoteada.

Mi madre se subía a la escalera de la cocina para desprender los limones. Los enjuagaba y acomodaba en canastas de mimbre que regalaba a mis tías. Había tantos limones que a veces mi madre los regalaba a las señoras de la colonia.

Un domingo por la tarde, yo jugaba con los caracoles del tronco. Mi madre preparaba el baño con agua tibia. Se acercaba la noche. El cielo se cubría de nubes grises a punto de llover. El viento golpeaba las ventanas. Los cables de luz se balanceaban y los árboles se mecían de un lado a otro. El aire me empujaba como torbellino, pero me sostenía con fuerza de una de las ramas. Mi cuerpo volaba y yo reía, pero mi madre, desde la puerta, tomaba el faldón que se le subía hasta la cintura y me gritaba con voz de angustia: "ven a la casa que la tina está lista". El cabello giraba con el aire.

El árbol se sacudió tan fuerte que pensé que saldríamos volando con las raíces y todo. De pronto, el viento sopló en direcciones opuestas al mismo tiempo. Lo agitó con tal fuerza que los limones se soltaron de las ramas y me sepultaron en el pasto. Mi madre quitó los limones de mi cuerpo con ambas manos. Me tomó en sus brazos y me llevó al interior de la casa. Empapado en jugo de limón y en lágrimas de mi madre, no pude abrir los ojos del ardor. Apreté los párpados y solo veía luces de colores que se movían por el negro infinito. Las ventanas no dejaban de azotarse.

Mi madre, en medio del llanto, me tumbó en el sofá de la sala, desde donde se extendía el ventanal que daba al jardín. Miré que aún se sostenía el árbol ya sin limones. Ella se dirigió a la cocina para llamar a mi padre a gritos en la bocina. Escuché la cascada que descendía por las escaleras. Era el agua de la tina que se escurrió por el filo de la puerta. Inundó la sala y escapó hasta el jardín. El nivel del agua subió cada vez más. Los limones flotaron como barcos que naufragaban. El aire los movía de un lado a otro. Chocaban con las piedras, chocaban entre sí, se detenían en el tronco y giraban en su propio eje. Miré las corrientes por la ventana y salí nadando al jardín. El agua me llegaba a la cintura. Comenzó la lluvia. Las gotas ondeaban en el lodazal que ahora era un gran charco. Los limones permanecían en la superficie como si hubieran caído desde las nubes. Aún no veía con claridad. Abría los ojos lo más que podía, pero solo enfocaba manchas verdes y agua que ondulaba. El reflejo de los faroles me cegaba. Cada vez más se me nublaba la vista. Movía los limones con las manos y las piernas extendidas. Me sentía en el mar. Como cuando papá me llevó hasta lo hondo el día que conocí la playa. Me dejaba llevar por el agua. Rozaba las frutas con las palmas. Mis rodillas tocaban el pasto que se movía como algas marinas. Me hacía cosquillas en las plantas de los pies.

El cielo se oscureció y la lluvia se alejó. Los colores se difuminaron en el agua. Los pies helados se inmovilizaron con los truenos que partieron a los limones en dos. Mi cuerpo flotaba en el jardín, los gotas caían sobre mis párpados cerrados. Soñé que nadaba dentro de la jarra de limones. Soñé que bebía toda el agua agria y opaca que se mezclaba con las gotas de sangre que escurrían de mi frente. Tomé un baño de jugo de limón, de gotas de granizo y lodo. Los gusanos tocaban mis talones, jugaban con ellos. Las hormigas subían a mis piernas como de costumbre, pero ahora eran muchas más. Los insectos se trepaban a mi cuerpo para alcanzar a respirar de la superficie. Mi padre podó el árbol. Lo desbarató con tanto odio en cachos pequeños. Después lo golpeó hasta hacerlo astillas. Quedó un tronquito que se elevaba del suelo. El pasto se secó y se lo llevó el aire. La tierra deshidratada se escondió entre las grietas. Ya no había limones, ni pastos, ni agua a cántaros. Mi madre ya no se asomaba por la ventana para mirarme, se quedaba en cama. Lloraba por horas. Ya no preparaba limonada.

Yo me sentaba en el tronquito árido, tranquilamente. Recibía los rayos de sol. No sentía ganas de tomar agua de limón. No tenía sed, no tenía calor. Me sentaba a mirar mi jardín desértico, ahí, en el banquillo de madera que mi padre me construyó con el árbol de limones que amargó a mamá.

13 de mayo de 2011

Retrato de un burócrata cualquiera

Mi cuerpo desalmado se escurre por los pasillos acalorados. Asomo la cabeza para mirar el contorno de mis zapatos boleados deslizándose sobre el reflejo de la luz artificial en el piso. "Licenciado buenos días", nos saludamos con fuerza a pesar de las pocas horas que transcurrieron entre el día anterior y esta mañana.

No me detengo, viajo a la aventura de recabar sellos y firmas que acumulo en archiveros alfabéticos, al tiempo que seco las gotas de sudor que escurren por la camisa blanca, impecable, como las paredes del inmueble. Regreso a mi sitio, recupero el aliento y dejo que el ventilador despeine el engomado. Tomo un poco de café y me inspiro para mandar cordiales saludos en oficios ajenos. Después el almuerzo, para culminar con el reporte trimestral que en seis meses encriptaré como el cadáver que nadie reclama.

¿Qué diría mi abuelo –que en paz descanse– de mis labores? De mis dedos borrados de huella digital como las letras del teclado manchado de coca. Qué diría de mis tortas de milanesa con chilaquiles sobre la copiadora. La expansión del estómago al ras del escritorio metálico y ahí, frente al papel, el recuerdo de mi infancia, de sus expectativas en mí.

Desbordándome aquí, casi amoldado, me lamento por el cerebro que se chupó como una pasa y el trasero que cobró forma de asiento desgastado.

Debo poner fin al tedio, pienso, entonces saco a jalones los pies de la humedad del mocasín y estiro cada dedo por debajo de la mesa. Dejo que se enreden en los cables de la impresora, mordisqueo un clip y miro la hora. Bostezo.

Se abre la ventana de golpe, el viento me sacude la espalda y me empuja al teclado. Mis dedos comienzan a tocar el piano y mis pies aplauden por debajo del escritorio óxido. No me cabe la sonrisa en la jodida expresión de perro atropellado.

Asunto: Renuncia urgente del Lic. José Jaime Martínez Pérez. Cuerpo de texto: Por medio de la presente, me permito comunicar que voluntariamente me retiro del tan apreciable cargo de Jefe de la Unidad Técnica Administrativa de la Secretaría de Asuntos Nacionales... "agradeciendo de antemano su comprensión", cierro con broche de oro, tomo del cajón de fierro la pluma con mis iniciales JJMP, firmo, sello con fuerza como si quisiera perforar el oficio y tomo el documento a punto de besarlo.

Esta vez con la espalda recta y la mirada al horizonte recorro el abismo kafkiano de los pasillos infinitos hasta la puerta del Sr. Director. Hablo conmigo en voz baja: "Respira, no sudes cerdo, cuidado con el papel... adiós Lety, adiós querida cafetera, adiós enredadera de Begoña, adiós ventanal, adiós hermosa vista a la Avenida Insurgentes, adiós Pepe y tus grandiosos chistes, adiós Mari y tus besos a escondidas, adiós doña Rosa y tu olor a flores, adiós ricas albóndigas de la esquina, adiós a las siestas después de la comida, adiós a Chuy, a Luis, adiós, adiós..." ¡Ahh, a buena hora me invade la nostalgia!

Destrozo a mordidas mi renuncia, trago el último pedazo de papel y me enjuago las lágrimas cobardes en el lavabo. Aflojo el cinturón hasta la comodidad y regreso a mi lugar con la paz que me brinda la oficina que me vio crecer, que me acogió en sus brazos como una madre. Miro el reloj y cuento los minutos para retirarme a descansar y tomar fuerzas para regresar mañana y mañana y mañan y mañan y maña y maña mañ y mañ y ma y ma maa aaaauurrrrjjjjjjggghhhhhhzzzzzzz zz zz z z z zz z z z zz z z z

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5 de mayo de 2011

Hoy soñé que

todo se veía gris y blanco. Estaba sola, sentada en un lago congelado, un iceberg enorme con forma de toro pasaba sobre la mitad de mi cuerpo. Era una escultura de hielo más que una montaña de nieve. No me aplastó porque había lugar para las piernas.

Hoy me bañé con agua hirviendo; tenía los pies paralizados de frío.